"Había una vez una princesa, un dragón y muchos, muchos príncipes azules, verdes y de todos los colores, que pretendían, como buenos príncipes, matar al dragón, rescatar a la princesa, casarse con ella, esperar que ella les preparase unas ricas perdices y vivir felices.
Obviamente, estos príncipes jamás lograban su cometido y raramente sobrevivían siquiera a su intento de rescatar a la princesa.
Un buen día a un joven cocinero se le ocurrió la genial idea de, en vez de tratar de hacer del dragón una brocheta, usar una brocheta de señuelo para distraer al dragón y escabullirse a sus espaldas a rescatar a la princesa.
Para no entrar en detalles aburridos, digamos que rescató a la princesa, se casó con ella, él cocinó las perdices (e incluso le mandó una porción al dragón) y todos vivieron muy, muy felices (el dragón también porque pudo salir a disfrutar del mundo y dedicarse a otras cosas)."
La consigna era transmitir la idea/moraleja del refrán "más vale maña que fuerza" y como siempre, terminé metiendo la pata por retorcida (no se entendió de qué hablaba, tendría que haber enfatizado más el matar al dragón y el elaborar un plan re genial para distraerlo)... claro, no sería yo si hiciese las cosas simples y me hubiese quedado con la primer idea que se me había ocurrido que era una historia súper ilustrativa que incluía una puerta cerrada y cómo intentarían abrirla un cabeza hueca musculoso y un flacucho con conocimientos de cerrajería.
En realidad, el problema esta vez fue que flashe que cuando el príncipe ensartase al dragón con la espada, la bestia escupe fuego quedaría como un bocadito de copetín... mmm... bocaditos de copetín (baba).